lunes, 15 de noviembre de 2010

Querer




Querer. Esta palabra que a veces utilizamos con tanta  ligereza, sin realmente ser conscientes de todo lo que conlleva, la verdadera profundidad que encierra y la cara cruel que muchas veces presenta. Cómo nos engañamos cuando todo es fácil. Cómo, muchas veces ingenuamente, creemos que queremos de verdad y lo realmente difícil que es la mayor parte de las veces. Conocer y querer todo lo que el otro es: lo bueno y lo malo; lo alegre y lo triste; lo amable y lo cruel; la verdad y la mentira; la plenitud y el ocaso; lo mejor que tiene y su peor cara. Y aceptar, ser capaz de aceptar y arropar todas esas caras sin negar ninguna de ellas, aceptarlas sin más, porque si, porque son en su conjunto esa persona a la que queremos, lo que la define y la distingue: su esencia. Y además de eso, comprender y aceptar lo que esa persona necesita para ser completa y ser realmente feliz. Aceptarlo como nuestro, aunque muchas veces signifique negarnos una parte de nosotros o signifique desprendernos de algo fundamental para nosotros. Tarea difícil y a la que pocos llegan realmente. Y aún así, es la parte más amable del querer, porque aunque no sea fácil, si la otra persona nos quiere, todo ello nos compensa, nos llena y nos satisface: nos hace feliz. Pero lo realmente difícil del querer, es ser capaz de querer sabiendo que no hay correspondencia por la otra persona. Luchar contra ello, cuando está incrustado en nuestra alma, solo consigue hacernos peor, e intentar borrarlo, nos anula y nos amputa una parte de nuestro ser. Y aunque el dolor es grande, se vuelve más grande cuando queremos negarlo. Lo difícil es aceptar que queremos a esa persona por encima de todo, aunque ella no nos quiera, seguir queriendo lo mejor para ella, y seguir.

(imagen de Mucha; Meditación)

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