lunes, 13 de enero de 2020

Savia

¿Ves mis heridas abiertas?
Entra por ellas, sin merodeos ni vueltas,
a mi interior
hasta el mismo centro de mi corazón
Entra por derecho propio
el que yo misma te doy
y dime que ves aparte de mi alegría y dolor
de mis deseos y ansias
las risas y llantos
los miedos y las ganas de…
¿Qué ves?, o mejor aún, dime
 ¿qué sientes?
Cierra los ojos para sentirlo bien
Deja que fluya por tu cuerpo
como la savia que da vida
y llegue a tu propio corazón
¿Lo sientes?
Si es que sí
no necesito decirte nada más
Y si es que no
tampoco tengo nada que añadir.

domingo, 5 de enero de 2020

La belleza de un te quiero susurrado al oído. (2017)

La belleza de un “te quiero”
susurrado al oído
dibuja conmovida
líneas de agua indefinibles
por donde retornan
  cautelosas
  diminutas
  sigilosas
dos gotas que arden
capaces de retener
en su pequeñez
el latido infinito
de la vida.
Dos tonalidades eternas:
fuego y agua
Dos gotas capaces de arder juntas
sostenidas  por el poder del amor
que les vibra dentro
y desde donde nace
el canto de la vida.
Y afuera
las esquinas.

martes, 31 de diciembre de 2019

OS DESEO UN HERMOSO AÑO NUEVO.

Mis mejore deseos para todos vosotros en este Nuevo Año que comienza en muy poquito. Y ya sabéis,  que no nos falte salud, que el amor en su esencia más pura nos rodee, que soñemos cada día y vivamos a tope cada minuto,  que encontremos en cada esquina un asombro que nos arranque una sonrisa, que luchemos al nivel que podamos por un mundo más justo, que no ignoremos a quien nos necesita, que seamos todo lo que podemos ser y que digamos más veces, Te Quiero.

martes, 24 de diciembre de 2019

Navidad.



                                                                          "HOGAR" Poema de WARSAN SHIRE refugiada somalí 
Nadie abandona su hogar, / a menos que su hogar sea la boca de un tiburón.
Solo corres hacia la frontera / cuando ves que toda la ciudad también lo hace.
Tus vecinos corriendo más deprisa que tú. Con aliento de sangre en sus gargantas.
El niño con el que fuiste a la escuela, / que te besó hasta el vértigo
detrás de la fábrica, / sostiene un arma más grande que su cuerpo.
Solo abandonas tu hogar / cuando tu hogar no te permite quedarte.
Nadie deja su hogar / a menos que su hogar le persiga,
fuego bajo los pies, / sangre hirviendo en el vientre.
Jamás pensaste en hacer algo así, / hasta que sentiste el hierro ardiente,
amenazar tu cuello.
Pero incluso entonces cargaste con el himno bajo tu aliento,
rompiste tu pasaporte en los lavabos del aeropuerto,
sollozando mientras cada pedazo de papel te hacía ver
que jamás volverías.
Tienes que entender que nadie sube a sus hijos a una patera,
a menos que el agua sea más segura que la tierra.
Nadie abrasa las palmas de sus manos bajo los trenes, bajo los vagones,
nadie pasa días y noches enteras en el estómago de un camión,
alimentándose de hojas de periódico, a menos que
los kilómetros recorridos signifiquen algo más que un simple viaje.
Nadie se arrastra bajo las verjas, nadie quiere recibir los golpes ni dar lástima.
Nadie escoge los campos de refugiados
o el dolor de que revisten tu cuerpo desnudo.
Nadie elige la prisión, pero la prisión es más segura que una ciudad en llamas,
y un carcelero en la noche es preferible
a un camión cargado de hombres con el aspecto de tu padre.
Nadie podría soportarlo, nadie tendría las agallas,
nadie tendría la piel suficientemente dura.
Los: “váyanse a casa, negros”, “refugiados”, “sucios inmigrantes”,
“buscadores de asilo”, “quieren robarnos lo que es nuestro”,
“negros pedigüeños”, “huelen raro”, “salvajes”,
“destrozaron su país y ahora quieren destrozar el nuestro”.
¿Cómo puedes soportar las palabras, las miradas sucias?
Quizás puedas, porque estos golpes son más suaves
que el dolor de un miembro arrancado.
Quizás puedas porque estas palabras son más delicadas
qué catorce hombres entre tus piernas.
Quizás porque los insultos son más fáciles de tragar que el escombro,
que los huesos, que tu cuerpo de niña despedazado.
Quiero irme a casa, pero mi casa es la boca de un tiburón.
Mi casa es un barril de pólvora,
y nadie dejaría su casa a menos que su casa le persiguiera hasta la costa,
a menos que tu casa te dijera que aprietes el paso,
que dejes atrás tus ropas, que te arrastres por el desierto,
que navegues por los océanos,
“naufraga, sálvate, pasa hambre, suplica, olvida el orgullo,
tu vida es más importante”.
Nadie deja su hogar hasta que su hogar se convierta
en una voz sudorosa en tu oído diciendo:
“Vete, corre lejos de mí ahora.
No sé en qué me he convertido, pero sé
que cualquier lugar es más seguro que éste”.