En la playa bajo las faldas del faro hace un fuerte viento de Levante. El mar, como siempre en esa zona, está bravo y las olas rompen con fuerza en las piedras de la orilla. Apenas hay gente, un pescador que recoge sus cosas y una pareja en una roca lejana. En la parte alta, a los pies del faro, se ven pequeñas figuras que contemplan las vistas del cabo.
Es un momento perfecto. El sol todavía caliente comienza a despedirse del día y lentamente, como corresponde a una tarde de septiembre, inicia su descenso sobre el horizonte. Ella, sentada en la arena, feliz y por fin en paz consigo misma, contempla como se baña el hombre que ama y sin buscarlo recuerda aquellas palabras de él y que no iban dirigidas a ella: “un día veremos juntos como rompen las olas en la laja de Trafalgar”.
Y allí, en ese momento y en ese lugar tan mágico para ella, bajo los poderoso ojos del Faro que tantas cosas han visto y donde tantas historias han ocurrido y donde antes que él se erigía un templo consagrado al dios Juno, se jura a si misma: que ellas sí que verán algún día romper las olas en la costa.
No sabe cuándo ni dónde pero no le preocupa. Seguramente no será allí. Será en otro lugar más lejano. Quizás en el Norte. Tampoco sabe si serán dos o tres viendo romper las olas; seguramente dos, para luego volver a ser tres. Pero eso tampoco le importa.
Lo que sí sabe, es que ocurrirá y que ella estará allí.
