Hoy, al regresar de la estación, se sentía especialmente bien; y no era solo la alegría del reencuentro con él después de una larga semana -que también-, era sobretodo, el haber sido capaz de superar esa sensación de ahogo y opresión que, desde que ocurrió todo aquello, la invadía al atravesar sus puertas y pisar los andenes. Pero hoy, se había enfrentado -y ganado- a esos recuerdos y recordado aquellas conversaciones que mantuvo con ella cuándo aún eran amigas capaces de desnudarse el alma. Y aunque está cansada, no quiere acostarse sin dejarlo todo anotado en su cuaderno.
Podía verla de una forma tan nítida como si yo misma hubiera estado allí. La veía bajar por la avenida de la Infanta Isabel con su caminar apresurado, entre un tumulto de personas que la arrastraban sin verla: pequeña, aterrada, tirando de una maleta que parecía mil veces más grande que ella; la falda larga, suelta, a medio tobillo, y en los pies unas sandalias planas y cerradas; la blusa lila, holgada, de suave caída y con cuello de caja, cerrada por detrás y marcándole al andar el contorno de los pechos y, entre ellos, el pulso acelerado de su corazón; los hombros al aire, y en el cuello, un fular, de seda y malva.
