Inevitablemente sigo oyendo tu voz. Aunque aún me duelas - no más de lo que me duelo yo- y a pesar de que sigo triste y, más aún, desengañada, me siento más segura de mí y de mis sentimientos. Ahora, muchos días, puedo pensarte con serenidad y cada uno de esos dulces pensamientos me hace compañía; otras veces, sin embargo, es mi cuerpo el que te echa dolorosamente de menos, como si lo normal fuera tu presencia en él. Mil veces he querido desoír tus últimas palabras, olvidar los límites que me marcaste e irte a buscar, mirarte a los ojos, ofrecerte los míos y pedirte que olvidando las formas y el cómo fue, te sumergieras en ellos, sin resentimiento, con la mente vacía y libre de pensamientos, y que me dijeras que ves; y si después de ese viaje al centro de mi alma no sintieras la delicia, la calma, las ganas de hacer memoria, la sorpresa, las ganas de iluminarte, de compartir y de vivir, si no sintieras en ti todo aquello que reposa en mi corazón, entonces, cariño, lo único que nos quedaría es un adiós; pero un adiós limpio y sin rencor, que pudiera arrancar del recuerdo tus palabras, taladradas en mi alma y que me encierran, de que en mí no hay amor y que no lo hubo jamás, y me diera la opción de creer que en tu corazón, una vez, existió el amor.
