Y se fueron las risas, aquellas que nacían desde la simple alegría y crecían hasta dolernos las tripas. Y se fueron las palabras, las que continuamente surgían y se entrelazaban en inagotables charlas. Y se fue la melodía, que nos hacía danzar en un continuo y acompasado acorde. Y se fueron las confidencias, que mantenían la complicidad de nuestras almas. Y se fueron los abrazos, aquellos eternos y fuertes, que nos servían de amarre y nos curaban los males. Y se fue la pasión, que convertían cada encuentro en el único y mejor.
Y aún te preguntas que cómo es posible que hayamos perdido todo eso, si todavía hoy nos duele físicamente la ausencia del otro en nuestro propio cuerpo.
Y nadie mejor que tú sabe la respuesta, porque mataste la confianza
que permitía todo eso.
Lhasa de Sela: La confesión
