Y un día te alcanza y lo sientes y no te preguntas ni el cómo ni el cuándo ni el por qué, simplemente lo sientes.
Sientes que está ahí día y noche. Sientes el deseo de darte y entregarte, y sientes las ganas intensas de vivir esa ceremonia de forma interminable y hasta el estremecimiento. Sientes el deseo de diluirte, de fundirte, de viajar y perderte en el tiempo. Sientes el entusiasmo por la aventura, las posibilidades, los esfuerzos y todos los instantes. Sientes la necesidad de conseguir que la intensidad se mantenga siempre caliente, su fuerza, el vértigo e incluso el miedo. Sientes la delicadeza y la ternura, el asombro y las risas, el placer y el calor del deseo, y el fuego y la lluvia y el viento.
Y cuando lo sientes sabes en ese instante que es inútil resistirse.
