Y sigue andando, agarrada con fuerza al asa de su pequeña maleta, ésa que ahora vaciada de tantas cosas que en este momento le parecen lejanas, extrañas y baldías, encierra sus auténticos y verdaderos tesoros, aquellos que no está dispuesta a perder ni a cambiar por nada; su olor, ese olor que conserva grabado de forma tan nítida en su propia piel y en su ropa; la huella de su mirada, esa mirada franca y dulce donde le era tan fácil perderse y sentirse arropada y acurrucada; y cada uno de los pequeños y maravillosos momentos compartidos del día a día. Y junto a ellos, también conserva sus propios intentos unidos a sus legítimos fracasos, el hueco caliente bajo el edredón de plumas, y cada pequeña esperanza conseguida prendida al espacio ganado a las frías sombras.
