sábado, 6 de noviembre de 2010
Máscaras
Cuándo piensa en ese paso que dio un día, ahora tan lejano y a la vez tan cercano, sabe y siente que es lo mejor que hizo y que no debe dudarlo ahora por sentir su ausencia como un abandono. Sabe, que de no haberse plantado entonces habría terminado ahogada en la que tristemente era, y también sabe que fue una victoria suya, que lo hizo antes de sentirse escuchada y que lo hizo en el momento exacto: antes del derrumbe final de su vida. También sabe que fue ella sola la que se arrojo al vacío, sin saber lo que resultaría pero decidida a cambiar su vida y, que una vez que saltó y cuando ya estaba apareciendo la que realmente era, fue cuándo encontró esa mano amiga. Todo eso lo sabe, pero a veces duda tanto y se hace tantas preguntas intentando entender, que tiene que volver a su cuaderno y releer su vida.
Espejo
Sylvia Plath
Espejo
Soy plateado y exacto. No tengo preconceptos.
Cuanto veo, lo trago inmediatamente
tal cual es, sin empañar por amor o desagrado.
No soy cruel, sólo veraz:
ojo de un pequeño dios, cuadrangular.
Casi todo el tiempo medito en la pared de enfrente.
Es rosada, con lunares. La he mirado tanto tiempo
que creo que es parte de mi corazón. Pero fluctúa.
Las caras y la oscuridad nos separan una y otra vez.
Ahora soy un lago. Una mujer se inclina sobre mí,
buscando en mi extensión lo que ella es en realidad.
Luego se vuelve hacia esas mentirosas, las bujías o la luna.
Veo su espalda y la reflejo fielmente.
Me recompensa con lágrimas y agitando las manos.
Soy importante para ella. Que viene y se va.
Todas las mañanas su cara reemplaza la oscuridad.
En mí ella ahogó a una muchachita y en mí una vieja
se alza hacia ella día tras día, como un pez feroz.
Señora de ojos tristes. Hilario Camacho
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