Y en el camino sigue. Mirando hacía adelante. Ésa es una decisión que ya está tomada y en la que no cabe marcha atrás ni abandono. Pero ahora, el camino, se abre como un abanico de infinitas posibilidades y tiene que decidir cuál de ellas va a tomar. Y mientras piensa que hacer, que elegir, que opción tomar, intenta separar lo que suavemente le susurra y aconseja su cabeza, de lo que su corazón le grita. Y mientras lo intenta, recuerda lo duro y empinado que se le hizo el último tramo del camino recorrido, la de veces que tropezó y las dudas que tantas veces le asaltaron sobre poder terminarlo, y recuerda también, que sólo su corazón permaneció a su lado. La lógica, la cordura, su parte racional, la que esperaba que hiciera lo más adecuado, que eligiera el camino más fácil, ésa, la había abandonado tan atrás, tan abajo del camino, que ahora le resulta extraño, oír de nuevo su voz. Y mientras piensa y recuerda, duda.Y además de dudar está cansada, tan cansada, que ha decidido parar y escuchar a todas sus voces.
Y en esas está. Cuando presta atención y escucha a su mente, tan lógica, certera y afilada, minuciosa, calculadora, y siempre efectiva en otros tiempos sobre qué hacer y cómo actuar, sabe a ciencia cierta qué dirección no tendría que tomar de todas las que se abren ante ella. Y no solo por lo duro que se vislumbra ese camino, que sería lo que menos le detendría, sino porque si atiende fríamente a los hechos ocurridos, a lo que la realidad le ha mostrado y a lo que cree como más probable que se puede encontrar al final de ese camino, todo le grita que no lo tome. Pero si cierra los ojos e ignora a su mente, si se abandona a lo que siente dentro de ella y escucha solo a su corazón, sabe también con certeza, que precisamente esa es la dirección que quiere tomar.
Pero abre los ojos y ahuyenta a todas las voces, y mira a su alrededor, a los que están ahora, en este momento, a su lado, porque es consciente de que la decisión que tome, sea cual sea, les afectará y sabe que también tiene que pensar en ellos. Le es difícil marcar el límite, el punto exacto que separa lo que les debe, de lo que egoistamente -o no- quiere hacer. Le pesa en esta decisión la experiencia de años atrás en los que solo actuó, por ellos o por cobardía, para ellos, sin escucharse ni tenerse en cuenta; y la bofetada recibida en su cara cuándo por fin se eligió y actuó por y para ella. Y también le atormenta, conseguir distinguir cuándo sobrepasa la voluntad de los otros. Distinguir dónde está el derecho de luchar por lo que quiere y dónde lo sobrepasa.
Y en todo esto es en lo que piensa ahora, y mientras lo hace, también recuerda que en el pasado dejó demasiados caminos sin tomar, caminos que la asustaban, le daban miedo, o caminos no escogidos por escuchar y atender a los demás, caminos desechados y cambiados por otros más seguros, menos empinados: caminos que en realidad la alejaron de ella misma.

