Me muero de ganas de estar frente a ti, cerrar los ojos y dibujar con mi dedo el contorno de tu boca.
Cada línea, cada curva, cada pliegue guardado.
Despacio, muy despacio.
Y sin dejar de pensarla descender despacio y recorrer tu barbilla.
Una, dos y hasta tres veces.
Despacio, muy despacio.
Y subir desde ella perfilando tu rostro hasta llegar a la frente.
Y después de un tiempo, sin rumbo ni tiempo, detenerme allí donde anidan tus ojos.
Perderme en ellos sin prisa y despacio.
Rozarlos, pensarlos.
Recordar tu mirada, sumergirme en ella y vernos sin mirarnos, sin perder detalles y sin buscar nada.
Y cuando no quede ningún espacio vacío, despacio, muy despacio, bajar de nuevo surcando tus mejillas, al abismo sagrado que encierra tu boca.
Sentirla de nuevo y volverla a trazar.
Despacio, muy despacio.
Y cuando no quede ni un solo punto desdibujado, entonces y solo entonces, abrir mis ojos y perderme, tierna y ferozmente, en ella.