Y pasados estos instantes, aparecerán otros, ya que solo el tiempo se mantiene inalterable, sumido en el mismo tiempo.
La espuma del mar salpica mis pasos mientras camino sola, un día más, por la orilla de la existencia. Van y vienen sin un rumbo claro, arañando la vida, buscando un horizonte, un sueño. El viento, la bruma, el agua. El sonido agudo de las gaviotas y también esa luz intensa que cada día se oculta para dar paso a la oscuridad de la noche. Y después de la noche, un nuevo amanecer, otro día y nuevamente mis pasos, la marea, la vida. Instantes que simplemente transcurren vacíos de sueños.
Sin embargo, un día, esos pasos solitarios, destinados a desvanecerse como siempre por la marea creciente, la frágil suerte, el azar o quién sabe qué, quisieron dejar su huella sobre la arena y se encontraron con los tuyos. Y de ese encuentro surgió un único camino. Y junto al él florecieron paisajes. Y esos paisajes formaron nuestro propio mundo dentro del otro mundo.
Y allí seguimos caminando, juntos, en nuestro mundo, dentro del mundo. Y en ese recorrido, cada instante vivido es una victoria sobre el tiempo.
Pasan lentas las horas. Y la vida. Y su rutina. Y te pensé como si el tiempo no hubiera dejado su huella. Y me encontré caminando en la misma dirección de antes, como si aún me esperaras. Como si yo no supiera el vacío de tu estancia. Y entre lo que yo pensaba y la dirección de mis pasos, creció sin piedad el muro de realidad donde estrellé mi sombra y el tiempo se estancó. Y, sin embargo, permaneces.
Pasan lentas las horas, al igual que la vida, y a pesar de todo, y entre horizontes borrosos y la resaca del tiempo, aún me queda el sonido del mar bajo los párpados y este azul tan intenso capaz de dibujar blanco sobre negro.
A veces, simplemente, no me encuentro. Y es en esos instantes, cuando todo en mí está oscuro y la mañana se dibuja como un profundo precipicio donde nada parece suficiente, cuando más te anhelo.
Y si algo he aprendido en este largo camino es que en cualquier nota del aire es posible oír el sonido del agua, o un murmullo que envuelve, o un roce en la mejilla y, si observas bien, hallar un inicio de camino.
Y es dentro de tu luz y a través de las grietas del tiempo donde, por fin, puedo apagar la noche y ver más allá del horizonte, allí donde los sueños crecen.
Esas palabras que no decimos. Y la soledad. Y la propia voz creando un viento frío y sólido.
Y entonces, simplemente, te miro. Y tu luz y tu brisa. Y esa inmensidad que abraza, que habla y acurruca
Porque es inútil huir de la ausencia, vano el intento de eludir su vacío e imposible esquivar los recuerdos.
Tan solo nos queda abandonar esa orilla del corazón que, torpemente, pretendemos traspasar para huir de ella y adentrarnos, de nuevo, en su mismo centro. Y allí, donde la ausencia se hizo triste hueco, anidar los recuerdos para llenar su vacío.
Y en esos atardeceres nostálgicos, pesados como nubes negras y fríos como el abismo, una mirada, un roce o un beso —guardados en el mismo centro del corazón y alimentados con amor y tiempo— rozarán con ternura el rostro que los guarda.
Y descubrirás que hay gotas de lluvia que son saladas porque nacen de mares internos. Saladas y, al mismo tiempo, llenas de ternura y dulzura; al desbordar tranquilas desde el centro de tus pupilas, formarán océanos donde navegar serenamente en compañía de su recuerdo.
Como "una piña", tal como a ti te gustaba decir y como, tú sola, nos sabías reunir.
Todos. Grandes y pequeños: Siete hijos y sus parejas, veintiún nietos, muchos ya con sus respectivas parejas, y 4 bisnietas. Todos estuvimos allí, contigo. Y esto fue posible gracias a esa habilidad tuya de mantenernos unidos, resultado del inmenso amor que nos ofrecías. Desde el norte, el sur, el este y el oeste, de cualquier rincón donde se encontraran, todos llegaron. Estando y deseando estar, que es lo que realmente importa.
Tu amor nos envolvía con una fuerza que era difícil de ignorar o de no sentir. Y todos, sin excepción, te queríamos. Te queremos.
20/02/2026
¿Y ahora qué?, ¿cómo llenar ese inmenso vacío que me dejas?
No lo sé, aún no lo sé, pero lo que sí sé es que tanto amor no puede simplemente desaparecer.
Qué bien me conocías. Y de ahí esa promesa que me arrancaste: El día después, y no más tarde, vendría aquí y desde aquí te hablaría.
Y aquí estoy. Aun flotando, ajena al mundo que me rodea, pero tal y como te prometí: aquí estoy.
Y miro a este mar que tan grande me parece hoy.
Inmenso, rabiosamente azul e intenso. Tú también lo amabas, aunque fueras de tierra adentro. Y es curioso, porque después de tantos días con un aspecto rabioso, oscuro por las resacas y restos de las tormentas, hoy amanece sereno y hermoso. Azul intenso. Aguas claras y olas verdes que rompen, en blanca espuma, en la orilla.
Y me viene, de repente, ese recuerdo de cómo te saludaba al entrar en tu casa: hola, mamá, hola, “abuela”. Y tú me mirabas y, poniendo el entrecejo arrugado, para intentar ponerte seria, me decías: ¨Soy tu madre, no tu abuela¨. Pero tus ojos te traicionaban, no podían ocultar la satisfacción y alegría que sentías al sentirte la abuela de una camada tan grande. La abuela. Esa palabra que, para todos, eras tú.
Y, ya al final, apenas decías nada. Solo te quedabas mirando. Muy fijos tus ojos. Solo mirando. Pero sé, estoy segura de que, aunque no dijeras nada, entendías todo lo que te decía. Hoy sigue lloviendo. Hace un viento de locos. Álvaro está muy contento con sus prácticas en la empresa... Paloma tiene de nuevo dentista… Y así llenábamos las horas. Y sé, lo sé, que tú lo oías todo, a pesar de tu silencio y tus ausencias. Y sé también que en tu último suspiro supiste que estaba allí. Lo sé. Y eso me consuela. Y sé que sabías que hoy estaría aquí, pensándote. Y te doy las gracias por ello.
Te quiero, mamá, te quiero, “abuela”.
A través del hielo y el frío del invierno por la avenida Nicollet una ciudad en llamas combatió fuego y hielo bajo las botas de un ocupante. El ejército privado del rey Trump, del DHS, con armas ceñidas a sus abrigos, llegó a Minneapolis para hacer cumplir la ley, o eso dice su versión.
Contra el humo y las balas de goma, a la primera luz del amanecer, la ciudadanía se alzó por la justicia, sus voces resonando en la noche. Y hubo huellas ensangrentadas donde debería haber estado la misericordia, y dos muertos abandonados a su suerte en calles llenas de nieve: Alex Pretti y Renee Good.
Oh, nuestra Minneapolis, oigo tu voz cantando a través de la bruma sangrienta. Tomaremos posición por esta tierra y por el extranjero entre nosotros. Aquí, en nuestro hogar, mataron y deambularon en el invierno del 26. Recordaremos los nombres de quienes murieron en las calles de Minneapolis.
Los matones federales de Trump golpearon su rostro y su pecho. Luego oímos los disparos y Alex Pretti yacía muerto en la nieve. Dijeron que fue defensa propia, señor, pero no crea lo que le dicen sus ojos. Es nuestra sangre y nuestros huesos, y estos silbatos y teléfonos, contra las sucias mentiras de Miller y Noem.
Oh, nuestra Minneapolis, oigo tu voz llorando a través de la bruma sangrienta. Recordaremos los nombres de quienes murieron en las calles de Minneapolis.
Ahora dicen que están aquí para defender la ley, pero pisotean nuestros derechos. Si tu piel es negra o morena, amigo, pueden interrogarte o deportarte en el acto.
En los cánticos de “ICE fuera ya”, el corazón y el alma de nuestra ciudad persisten. Entre cristales rotos y lágrimas de sangre, en las calles de Minneapolis.
Oh, nuestra Minneapolis, oigo tu voz cantando a través de la bruma sangrienta. Aquí, en nuestro hogar, mataron y deambularon en el invierno del 26. Tomaremos posición por esta tierra y por el extranjero entre nosotros. Recordaremos los nombres de quienes murieron en las calles de Minneapolis. Recordaremos los nombres de quienes murieron en las calles de Minneapolis.